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Sólo puntos suspensivos..."
L. Marechal

MARADONA ES QUIEN DEFIENDE EL TíTULO

El prodigioso gran angular de Maradona vio desmarcado a Burruchaga y le pasó una pelota con muchas posibilidades de gloria. Burruchaga corrió con los ojos grandes de esperanza. Schumacher lo esperaba con los ojos grandes de miedo. Es justo que la esperanza le gane al miedo: fue gol. Dos mil millones de telespectadores no me dejan mentir. Burruchaga siguió corriendo con la boca llena de gol hasta que decidió poner sus rodillas en el suelo, levantar los brazos, mirar al cielo y dar las gracias por esa alegría que acababa de empezar y que le durará toda la vida. Faltaban cuatro minutos y ese gol hacía campeón del mundo a Argentina (3-2).

Aquel equipo que cerró como campeón el torneo de México `86 sería, cuatro años después, el que disfrutara del honor postrero de abrir el de Italia `90. En el fútbol la distancia que separa la alegría de la tristeza se mide en segundos. Italia `90 menos México `86 es igual a cuatro años. El tiempo que Maradona invirtió en seguir levantando copas nacionales e internacionales con su Nápoles; son los años de los que Burruchaga perdió dos trotando de hospital en hospital porque a aquellas rodillas que se posaron sobre la tierra mexicana se les rompieron ligamentos, rótulas y meniscos cumpliendo actos de servicio para su Nantes. Mientras tanto, Argentina jugó 31 partidos, de los que tan sólo se impuso en seis, y el fútbol nacional siguió exportando goles, siguió vaciándose.

El día de la final de Italia `90 se terminaba la búsqueda. La frase preferida de la concentración argentina era un eslogan publicitario de Alitalia: “Quien no vuela...no vence”. Bilardo insistía en que sólo actuarían aquellos jugadores que “salten las alambradas” y debía de haberlas puesto muy altas: yo, por ejemplo, me quedé enganchado.

El entrenador argentino es un experto en inmovilizar adversarios, por lo que vive más preocupado por el regreso (actitud defensiva) que por la llegada (actitud ofensiva) de sus jugadores. Sólo Maradona se permitía algunos vicios. Los diez restantes tenían encomendadas severas obligaciones, y llevaban al partido un equipaje mental cargado de datos tácticos. Bilardo seguía creyendo en el diseño mexicano: un arquero sobrio (Pumpido); un líbero que juega respecto de la posición de la pelota y no del rival (Simón); dos stoppers (Fabbri, por la izquierda; Ruggeri, por la derecha); un puñado de mediocampistas (Lorenzo, Sensini, Batista, Basualdo, Burruchaga), y dos delanteros (Maradona, a su libre albedrío; Balbo, auxiliando atrás y llegando arriba).

Argentina podía ganar o perder, jugar bien o mal, divertir o aburrir, pero nadie podría decir que era un equipo improvisado. Al contrario, su problema era que jugaba al dictado y anunciaba demasiado sus rutas de salida hacia Burruchaga y Maradona. Burruchaga, ya recuperado, se movía por el mundo como yo me muevo por mi casa cuando los niños duermen. Corría la cancha en puntas de pie, caminaba la vida en voz baja. Relataba con parecido humor el gol que le dio a su país el último Mundial, que cualquiera de sus dos graves operaciones posteriores. También jugando rechazaba los excesos, pero eso no ocultaba sino que descubría su talento. Como las agujas del cronómetro, estaba donde debía, corriendo lo justo; por riqueza técnica, resolvía los problemas evitando movimientos innecesarios; por vocación, jugaba siempre hacia delante, apuntando directamente al corazón del adversario.

De Maradona basta con decir que todo lo que hacía en una cancha era perfectamente irrazonable.

El tercer hombre iba a ser Caniggia, el rubio del Atalanta, de quien el mismo Maradona decía que “cuando pone el turbo, no lo frena nadie”. La ciencia de Burruchaga y el genio de Maradona pedían como complemento la velocidad de Caniggia, seguramente el más rápido de los 528 jugadores de Italia `90. No fue suficiente la esponsorización de sus compañeros. El fútbol geométrico de Bilardo lo dibuja mejor un jugador de trazos largos, aunque de menor instinto atacante, como el delantero Balbo, del Udinese.

En la difícil búsqueda del equilibrio, al rey sólo le sobrevivió un aliado: Burruchaga. Pero seguía siendo el rey. Aquella tarde toda la Argentina se jugaba el título. Pero al que había que quitárselo  era a Maradona.

*Fragmento de su libro “El miedo escénico y otras hierbas”/Edit.AGUILAR

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