NUEVOS AIRES EDICIÓN Nº 6  | MAYO DE 2018
 

Aquellas Fábricas

 

Antonio J. González

Sí, como la canción de Alberto Cortez. Las fábricas que ya no están activas fueron… un amigo que se va, porque con ella se desvaneció una variedad de emociones, recuerdos y alternativas que muchos ciudadanos de nuestra ciudad conocieron en carne propia. Desde los frigoríficos La Negra, Wilson y La Blanca hasta las textiles Masllorens y Lyon, hay aún en Avellaneda huellas, restos de edificaciones y viejos galpones que hablan de un pasado que no volverá.
Recordemos que este territorio fue un gran semillero de fábricas, talleres y establecimientos productivos de diferentes sectores, ya desde fines del siglo XIX donde surgieron: Alejandro Llauró e hijos (1878), S.A. Ferrum (1898), Compañía General de Fósforos (1888), entre muchos más. Y a comienzos del siglo XX sigue con la apertura de: Fósforos San Martín (1905), Masllorens (1905), Calera Avellaneda (1919), Cristalería Papini Hnos y Cía. (1922), Campomar (1921), Cristalería La Esperanza (1925), Italo Argentina de Electricidad (1926), Cía. Hispano Americana de Electricidad (1909), Conen (1903), entre otras. Todas con una larga y agitada existencia en la producción de bienes y en la oferta de puestos de trabajo.

En un registro del año 1919 se había verificado la existencia de 933 establecimientos industriales de la más variedad de rubros. Pero muy poco queda de aquellas corporaciones fabriles. Sólo permanecen -en muchos casos- las viejas estructuras abandonadas o convertidas en garajes, depósitos o en desoladas imágenes del abandono. Como la conservación del viejo portón de La Negra, hoy con el logo de un hipermercado extranjero, y una pequeña plaquita que llama la atención sobre lo que fue ese lugar durante más de un siglo.
Nuestros abuelos, nuestros padres, trabajaron en algunas de esas fábricas y sus descendientes conservamos en la memoria retazos de aquellas históricas jornadas laborales, no ausentes de conflictos, triunfos y fracasos, pero adosadas a la historia personal de cada uno de nosotros.
¿Quién no posee recuerdos similares de la Fábrica “La Gloria” de Masllorens en la calle Olavarría a pocos pasos de Crucecita, o de los establecimientos textiles donde nuestras madres y hermanas concurrían aprovechando la incorporación masiva de las mujeres a las tareas productivas?
¿Quién no recuerda las peripecias, alegrías y tristezas de nuestros familiares que trabajaron en los frigoríficos, especialmente en La Negra, donde mi padre transcurrió gran parte de su juventud y su madurez?
Pero ya todo aquello es materia nostálgica, apenas recuerdos desflecados que no se conforman con las explicaciones sociales y económicas que impulsaron los cambios y el abandono. Hay mucho más que argumentos socioeconómicos para justificar la sobrevida hoy de aquellos galpones y estructuras que se levantan en diferentes sectores de la ciudad como tributo a aquellos empresarios, obreros y empleados que fueron parte de la historia laboral y productiva del país.

La canción de Cortez nos emociona con la afirmación: “cuando un amigo se va,/queda un tizón encendido/que no se puede apagar/ni con las aguas de un río”.