NUEVOS AIRES EDICIÓN Nº 7  | JUNIO DE 2018
 

Médicos en la memoria

 

Antonio J. González

La tarea de los profesionales de la salud es una de las más trascendentes, se trata nada menos que de cuidarnos y protegernos de las enfermedades. Hoy es una actividad que se ha horizontalizado y los médicos –de ellos hablamos- se multiplicaron, individual y colectivamente, en organizaciones sanitarias. Para los pueblos en formación, como los nuestros en los años de expansión poblacional, cuidar de la salud era una tarea artesanal en su mayor parte, sin las posibilidades técnicas de conocer lo que sucede en nuestro cuerpo con los avances tecnológicos. Por eso en aquellas épocas el contacto de paciente-médico era una artesanía de afectos, comprensión, conocimientos y, sobre todo, confiabilidad.
Así surgieron los médicos de barrio, aquellos integrados en el seno de algunas poblaciones chicas como un vecino más, en muchos casos hasta con la categoría de familiar. Aquí reside entonces la gravitación profesional de esas personas que se destacaron en los incipientes barrios de Avellaneda por esa labor inteligente, solidaria y no siempre bien recompensada.
Desde los orígenes existieron estos profesionales y, como en el caso del Dr. Nicanor Basavilbaso, desde Lanús donde residía, fueron desarrollando una relación directa con cada uno de sus vecinos, pacientes o correligionarios, porque también, como buen ciudadano, los aspectos sociales y políticos no les eran ajenos. Así es como Basavilbaso  fue intendente de la vieja Avellaneda, en 1888.
Esta evocación involucra a todos aquellos que desde el anonimato, sin los recuerdos de la historia menuda, cumplieron aquel rol de cuidar la salud pública. Se sucedieron entonces muchos médicos con ese carácter, nómina casi inabarcable. Algunos como Modesto Ferrer o Manuel Beguiristain conocieron también el encanto de administrar el municipio.

En los primeros años del siglo veinte podemos recordar a los doctores Arnaldo Caviglia, Federico Silva D’Herbil, Héctor de Kemmeter, Lucas Benítez, y otros más. Modestino Mazza, hombre de la cuna gaucha de Avellaneda, recordaba los nombres de los “doctores Groppo, Warnes, Jara, Kemmeter Vicini, Cazasa, Bosch, García Díaz, Vernengo, Galdeano, Rossi, Ascheri…”
Muchos más son los nombres que podríamos evocar, desde el Dr. Atilio Lavarello en Sarandí, junto a los doctores Ramón Morán, Di Bitonto, Jaime Salzsman y otros enganchados en los recuerdos personales de los vecinos. En Piñeiro aún perduran las acciones de Fernández Lemmi, Dante Emanuel y Fernández Mayan, entre tantos otros.

Pero la lista es tan amplia como anónima, donde los profesionales y sus hechos pueblan la historia menuda de cada barrio. Allí estaban ellos sin el auxilio de grandes establecimientos sanitarios o los recursos analíticos de hoy. Sólo con ese testimonio marcado a fuego en la formación, crecimiento y desarrollo de la propia ciudad. Una dedicación personal, sanguínea que no admitía desfallecimientos o ignorancias, y muchas veces tampoco sus honorarios.