NUEVOS AIRES EDICIÓN Nº 1  | OCTUBRE DE 2017
 

NÉSTOR

 

Graziano Vázquez

 

Era día de Censo Nacional, y mi familia aguardaba la llegada de la docente que, lo sabíamos porque andaba visitando el barrio, nos interrogaría sobre “vida y milagros” de cada uno de nosotros. Pero cuando la televisión dio la fatal noticia, todo cambió.

Fue un vendaval que comenzó a azotar nuestras conciencias de manera brutal, y que produjo un tumulto de lágrimas y de bronca colectiva como hacía tiempo no sentíamos. Esta sensación de vacío lacerante, inesperada, pudimos reflejarla en “Nuevos Aires” en el ejemplar Nº12. Un fragmento de ese texto, lo reiteramos como recuerdo imborrable, ahora que se cumplieron siete años de aquella primavera absurda que aún nos duele.

 

La Plaza del amor y la esperanza

Buenos Aires era presa de la angustia ese miércoles 27 de octubre. De pronto, ríos de muchachas y muchachos llegaban a la Plaza de Mayo desde la entraña de los barrios y del suburbio de la gran ciudad, mezclados con familias enteras con los hijos a cuestas, llorando y cantando a la vez; venían a expresar a viva voz su dolor y su entereza militante, ante la muerte irreparable del compañero más querido, de aquél que abrió los portones del amanecer para tanta juventud sin destino, para los parias de esta tierra, los mismos que la regaron siempre a fuerza de sudor, a pura lágrima.

Ahí estaban también los veteranos de ideales postergados, aquellos que descubrieron en ese hombre desaliñado a un compañero insólito, capaz de treparse a sus conciencias y decirles que estaban de nuevo en el combate contra el enemigo principal, el eterno malvado de la historia. Y con ellos las obreras, los oficinistas, los universitarios, los sindicalistas y los pibes del secundario, con toda la bronca en cada canción.

Todas y todos. Un solo grito, una sola sombra. Y un amor inconmensurable, transparente y lúcido, por Néstor Kirchner, un tipo vital que se propuso cambiar el rostro de la Patria, y que con los trabajadores, estudiantes, y la apasionada juventud, comenzó a realizarlo. Cristina y el pueblo, que no olvidan, habrán de continuar su obra inclaudicable.

 

 

Mariano Ferreyra

Estaba ahí, en medio de la calle, ese miércoles de primavera, con un tiro en el tórax disparado por un mercenario y con la sangre que huía a borbotones, rodeado de los gritos de sus compañeros que abrían sus ojos horrorizados, y que ya no podían soportar lo inesperado de tantas lágrimas. ¿Qué había ocurrido? Los obreros “tercerizados” del Ferrocarril Roca, habían organizado una protesta en contra de los despidos y con la exigencia de ser incorporados a la planta permanente. Es decir, pretendían terminar con la humillación que supone la “tercerización”, donde empresas fraguadas acogen personal a través de “contratos basura”, esclavizantes, “en negro”, pagándoles sueldos de miseria, y apropiándose de los suculentos aportes que abona por tareas realizadas el Ferrocarril; por supuesto, la dirigencia sindical, es tradicional beneficiaria de esta estafa que abochorna. Pero ese día, “la patota” que protege los intereses de la burocracia gremial, persiguió a los trabajadores y a los sectores militantes que se solidarizaron con ellos; cuando éstos se retiraban del lugar pacíficamente para evitar ser objetos de una violencia que sospechaban, los atacó con armas de fuego asesinando a Mariano e hiriendo gravemente a otros integrantes de su organización.

Hasta aquí, la crónica de aquel infame suceso que enlutó a todos. Recordamos que, de inmediato, la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, repudió lo acontecido, adoptó un compromiso insoslayable, y exigió a la justicia la pronta solución del hecho. Así ocurrió. Los culpables materiales y los instigadores intelectuales, fueron a parar con sus huesos a la cárcel. Pero, nos queda claro, que finalizar con la aberración jurídico-social de la llamada “tercerización”, debe ser una de las prioridades a resolver en el futuro institucional de nuestro país.