NUEVOS AIRES EDICIÓN Nº 7  | JUNIO DE 2018
 
 

La Selección Nacional, entre luces y sombras  

Álvaro Vidal

 

El primer partido, con Islandia (1 a 1), transcurrió pleno de algunos inesperados errores en la defensa y otro generados por el equipo “vikingo”. Porque, pensemos, ¿quiénes eran estos jugadores que llegaban del frío? El hecho de que algunos de ellos tengan profesiones al margen del fútbol, señala para nuestro asombro lo rudimentario de su juego. No obstante, también el encuentro puso de manifiesto el bajo nivel que se observaba en nuestro equipo.
Pero la cita posterior con Croacia (3 a 0 en contra) desnudó las falencias que –hasta ese momento- presentaba el once dirigido por Jorge Sampaoli. En efecto, el desplazamiento abúlico de nuestros jugadores y el desorden táctico que mostraban, permitía suponer que el resultado sería catastrófico. Y así fue.

Pero el martes 26 de junio reveló que cuando “se quiere, se puede”.

De ese modo, superando desinteligencias entre protagonistas y cuerpo técnico, así como inauditas operaciones mediáticas que pretendían “escrachar” la vida futbolística y privada de nuestra delegación, el día fue de júbilo para todos los argentinos. Porque el partido contra Nigeria (2 a 1 a nuestro favor) posibilitó que la gran tradición –técnica y de carácter- del seleccionado nacional aflorara en San Petersburgo. A partir de ese instante, superando la primera ronda  (segundos de los croatas), ya estamos en aguardo de los octavos de final con los franceses. El próximo sábado 30 de junio, veremos hasta dónde llega esta recuperación que cubre de alegría a todos los que amamos este deporte.

 

Al cierre

Argentina fuera del Mundial

La selección demostró todas las falencias que ya se le conocían y fue derrotada (4 a 3) por un compacto equipo de Francia el sábado 30 de junio. Una vez más, y como en anteriores números de “Nuevos Aires” lo habíamos señalado, nuestra representación –carente de una verdadera identidad futbolística-, producto de una dirección técnica errante que no estuvo a la altura de las exigencias de un torneo mundial, así como compuesta de jugadores que –evidentemente- algunos ya comienzan a transitar el epílogo de sus carreras y otros no alcanzan –aún- el nivel necesario para integrar el once nacional. Pero, por supuesto, “no hay que llorar sobre la leche derramada”, y este tiempo que se abre, habrá que aprovecharlo –según nuestro criterio- en convocar a una nueva generación de protagonistas, diseñar un lúcido proyecto y admitiendo conductores que sepan de qué se habla cuando se pronuncia la palabra fútbol. El campeonato sigue, a pesar de nuestro fracaso. Porque todavía quedan los latinoamericanos para reivindicar la idea de poder jugar un fútbol sin complejos.