NUEVOS AIRES EDICIÓN Nº 1  | OCTUBRE DE 2017
 

ZAMA: CREATIVIDAD VS. AJUSTE

Alberto Poggi*

 

En una nota anterior hemos desarrollado la situación que se creó en nuestro cine desde la aparición de la plaga ajustadora macrista. Sintetizando: el INCAA es una “bolsa de corrupción mafiosa”, hay que echar a todo lo que huela a kirchnerismo, que como insisten los medios está desapareciendo pero al mismo tiempo está encabezando  todo lo que se enfrenta a los despidos, al ajuste, a  la desindustrialización, etc. etc. La lucha, en la que participaron todos los sectores de la cinematografía nacional, incluyendo los fanáticos macristas como Campanella, llevó a una frágil tregua que duró hasta que pasó el invierno y sin avisarle a nadie, como es habitual entre los dialoguistas del gobierno, el actual director del INCAA firmó una resolución que puso en alerta nuevamente a todo el mundo, en este caso menos al mentado Campanella, porque se establecen nuevas pautas que tienden a entorpecer y complicar la producción, que sigue prácticamente parada, y también, lo más serio, cambie el sentido mismo de la entidad al convertirla en un órgano de financiación y no de fomento como está establecido hace muchos años por la Ley del Cine. En estos días se desarrollaron nuevas marchas y asambleas masivas que están exigiendo que “se reconsideren las medidas que se pretende adoptar  que deparan una inexorable y drástica reducción de las películas filmadas y el riesgo que sólo puedan sobrevivir las grandes producciones asociadas a los sectores corporativos  más poderosos de la distribución internacional”, como reza el documento entregado a las autoridades del Instituto. Estamos ante un nuevo round de la vieja pelea entre los que piensan que hay que filmar una docena de películas de gran producción con profusa llegada al espectador macerado, con actores consagrados (Darín, Francella y pocos más) y la gran mayoría de la gente que ama al cine que desea que haya múltiples miradas,  estilos y lenguajes, manteniendo una producción de entre cien y ciento cuarenta películas por año  de presupuestos variados y modos de producción distintos. La pelea sigue.


Una de nuestras grandes cineastas Lucrecia Martel (“La ciénaga, “La niña santa”, entre otras) estrenó su último y esperado film “Zama” en el medio de la disputa y aparte de apoyarla fue muy clara y contundente: “Con estas políticas que quieren imponer habría sido imposible hacer mi película”. 


“Zama” es una versión escrita por Martel de la novela del escritor mendocino Antonio Di Benedetto  en la década del ’50 y es la primera vez  que hace una adaptación literaria y también su primera película de época. La vida de don Diego de Zama, en un trabajo insuperable del mejicano  Daniel Giménez  Cacho, transcurre en 1790 en una zona imprecisa que podría ser nuestro noreste o el Chaco paraguayo, que está sólo y espera un traslado que no llega. Es un burócrata de la Corona española que vive un presente gris lleno de promesas incumplidas  y frustraciones. Eso es todo. A partir de allí lo que hace Martel con mano maestra es zambullir al espectador en ese mundo lleno de lenguas  diversas, de sonidos que rodean y confunden al personaje, de cuerpos rotundos y de diferentes colores y distinto tipo de exuberancias, pero siempre atrayentes y plenos de sensualidad.  Don Diego lo dice claramente:  “estoy en medio de toda la tierra de un continente que me resulta invisible” y se encuentra envuelto en un incesante movimiento de personajes que pasan como fantasmas o miembros de una comparsa carnavalesca que se ponen y sacan unas pelucas absurdas que llegan a olerse desde la butaca, visten ropas raídas y están rodeados de muebles que pueden haber tenido un antiguo esplendor y animales  que participan activamente y se entrometen en los despachos y viviendas que cada vez se deterioran más.


Martel transforma maravillosamente el monólogo de Di Benedetto en una sinfonía de imágenes y sonidos que envuelven a Zama y al espectador  y van transformando a esa gris y desasosegada criatura en miembro de una patrulla perdida que busca a un bandido brasileño que no existe y lo lleva hacia una ciénaga de violencia, dolor y agonía que tal vez sea su verdadero destino y al mismo tiempo lo haga encontrarse a sí mismo y dejar de esperar aquello que ya está perdido.


“Zama” es una película única, que tal vez pueda resultar ardua en su visión, pero que tiene una complejidad visual  y sonora que sin duda atrapa al espectador sensible que intente alejarse de los caminos trillados de la cinematografía actual, que repite y repite hasta el cansancio estructuras narrativas ya centenarias  y sumamente gastadas. Hablando de su película y también de la situación reflejada al inicio de esta nota, Martel decía: “Este gobierno está aplicando recetas de grandes empresas y eso es una tremenda equivocación. Si hay algo que ha caracterizado al cine argentino en las últimas épocas es su gran diversidad y la búsqueda incesante de nuevas formas de producción y de lenguaje”. Ojalá el Gobierno escuche a esta artista que honra a nuestro cine.


*Crítico de cine. Columnista habitual de “Riachuelo”.